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De Racismomarca al mundo

Por Daniel Guevara

El jueves 23 de octubre se estrenó la película “La Paisana Jacinta: En Búsqueda de Wasaberto”. Película dirigida por el conocido conductor televiso Adolfo Aguilar, y basada en el personaje desarrollado en televisión por Jorge Benavides, en sketches cómicos de distintos programas humorísticos, desde mediados de la década de 1990 hasta estos días. Obviamente que con pausas y sobresaltos, producto de la opinión crítica de la ciudadanía, la cual califica al personaje de Benavides como una de expresión descarnada de la discriminación étnica racial en el país.

Claro que el estreno de la película revivió el debate, siempre abierto, en cuanto a la presencia de racismo y discriminación en el personaje. La respuesta de ciudadanos activos para la eliminación de la discriminación, estuvo presente meses antes del estreno, así como en los constantes  debates en redes. Incluso un corresponsal de US News publicó un reportaje muy poco halagador al personaje y la situación sobre la discriminación en el país, respalda por intervención, no solo de figuras públicas como Tarcila Rivera del Centro Chirapaq, o el autor Marco Avilés, sino también de parte del aparato estatal, con declaraciones del Viceministro de Interculturalidad, Alfredo Luna, y tomando como referencia la información ofrecida por la plataforma virtual Alerta Contra el Racismo del Ministerio de Cultura.

Teniendo en cuenta todo esto, es interesante poder aproximarse al fenómeno que está detrás de la discusión. Considerando que la entrada propuesta no da cuenta del carácter cinematográfico, y mucho menos humorístico, sino más bien comprender la complejidad de las relaciones sociales racializadas en el Perú contemporáneo.

Regresando al personaje de la Paisana Jacinta, cabe preguntarse, cómo puede pasar de ser “un personaje entrañable”, en palabras de Aguilar, a producir  “humillación y destruir la dignidad de la mujer indígena”. Una respuesta sencilla diría que es una cuestión de “perspectiva”, es decir que ambas posiciones se enfocan en aspectos que cada una de ellas no valora, por ejemplo los defensores de Benavides resaltan el “ingenio, picardía y ternura” del personaje frente a las críticas de racismo y discriminación. En todo caso, finalmente, siguiendo esta posición, existiría un  desencuentro, un malentendido entre ambos bandos.

Quizá si haya un malentendido. Pero este malentendido y desencuentro se produce en la manera en la que se conciben y perciben las relaciones sociales tanto actuales como  a través de la historia del Perú. De manera similar este desencuentro o malentendido, también es producto de la forma en la cual se conceptúa “lo racial”, centrándose únicamente en el componente fenotípico –el color de la piel, la forma y color de cabello, etc.– y recurriendo al mestizaje, con frases como “el que no tiene de inga tiene de mandinga” o “crisol de razas”, como mecanismo que busca dar salida a un problema enraizado en el cotidiano, partiendo exclusivamente de la superficie de la piel.

Encarar la discriminación étnica racial, parte de entender que esta se sostiene en relaciones de poder, por las cuales se puede vulnerar o limitar el ejercicio de derechos y libertades fundamentales. Concepto sencillo, que se complejiza en nuestro país, porque es difícil encontrar un mecanismo por el cual se afecten derechos únicamente por el color de la piel, como el caso de la segregación racial estadounidense o el apartheid sudafricano. Sino más bien, el caso peruano se complejiza aún más, ya que teniendo en cuenta el proceso proveniente de la colonia.

Se entiende que el “racismo a la peruana”, no solo comprende lo fenotípico, sino también lo cultural, es decir la lengua que uno habla, las costumbres que uno tiene,  la ropa que uno viste, el lugar del cual uno proviene, los estudios realizados y en las instituciones donde fueron cursados, entre otros muchos otros factores, muestran un mecanismo de constitución de estatus diferenciados, que es sostenido por la interrelación directa entre componentes culturales –creencias y modos de vida– con componentes económicos, como el ingresos o la ocupación.

Algunos especialistas denominan a esto como “herencia colonial”, destilando y concentrando en un solo concepto una historia mucho más complicada, que el carácter generativo de la colonización sobre las relaciones sociales, las cuales se estructuraban  sobre el mayor estatus de lo europeo sobre lo indígena. Aunque es innegable la matriz colonial de las relaciones sociales, no puede ser entienda como única contribuyente a las relaciones sociales racializadas, ya que muchos de los procesos que configuraron éstas se establecieron con la instauración de la república.

Por ejemplo, la indigenización de la sierra peruana se fue construyendo a través del siglo XIX como indican Cecilia Méndez[1]. De forma parecida Paulo Drinot[2], muestra como las políticas de empleo de inicios del siglo XX contraponían los oficios industriales y la labor obrera, caracterizándola como urbana y moderna, frente a los oficios desempeñados por la población indígena. Y localizándonos en el Cuzco, tenemos la investigación de Marisol de la Cadena[3] que da cuenta de cómo las relaciones sociales racializadas de mediados del siglo XX pasaron de un racismo biológico a uno cultural, caracterizado porque el componente diferenciador no solo era el acceso a la educación formal, sino también la forma de actuar de acuerdo a una moralidad establecida como “decencia”.

Lo dicho anteriormente muestra la compleja historia de definición y redefinición de las fronteras de “lo racial”, y cómo esta se fue combinando con otros factores  claves que permitieron configurar algo así como “un racismo sin raza”. En un libro reciente, Virginia Zavala[4] argumenta que  la raza no tiene que ver directamente con lo que se “es”, sino más bien con la posición que se ocupa  dentro de un sistema jerárquico de distribución de poder. El cual se expresaría en la valoración positiva  de un conjunto de características, como la “buena educación”, tanto formal como doméstica, la corrección al hablar, entre otras, a un determinado grupo socioeconómico y de influencia política que fácilmente podría ser denominando como “blanco”, frente a otros componentes valorados de forma negativa, que estarían vinculados a lo indígena u originario.

En apariencia esta denominación podría traer a la mente que se utiliza una categorización racial, que por lo tanto es racista. Algo parecido sucedió durante el censo frente a la pregunta de autoidentificación étnica, considerándola racista y discriminatoria por ofrecer etiquetas étnicas de autoadscripción. Cosa que, en ambos casos, es nuevamente un real y profundo malentendido, ya que para que existan prácticas de discriminación racial es necesario enunciar de forma inequívoca e irrevocable el vínculo entre atributos,  tanto positivos o negativos, y grupos étnicos.

Entender que la diversidad humana, puede ser caracterizada por distintas etiquetas, no llega a ser racista. Sin embargo que estas etiquetas expresen características positivas o negativas, de modo natural y fijas, sí es racista. Es decir que la diversidad, étnica y cultural puede ser expresada por medio de distintas etiquetas, podría a ser una simplificación de esa diversidad, pero no implica la limitación del ejercicio de derechos. En cambio, cuando una de estas es priorizada sobre otras, sí lo es, ya que se limita el acceso a  oportunidades y al ejercicio de derechos. Por ejemplo, el vínculo entre afrodescendientes y actividades físicas, o de forma parecida, la vinculación entre “atraso” con las poblaciones originarias, tanto andinas como amazónicas, genera que el menor acceso a educación, la situación de pobreza y vulnerabilidad de estos mismos sea naturalizado.

Margarita Huayhua[5], investigadora cuzqueña, describe este proceso para la realidad cuzqueña, ya que muestra cómo las personas rurales quechuas, son denominadas como “ignorantes”, “maleducados”, “desobedientes” y “animales” por personas urbanas. Huayhua muestra que la construcción de la frontera entre unos y otros, no es necesariamente producto de las características físicas, sino más de la conducta y las costumbres, siendo la de las personas rurales quechuas “impropias” e “inadecuadas”, frente a la de las personas urbanas, las cuales llegan al extremo de negar la propia humanidad.     

Esto llama la atención por dos motivos, primero, porque es necesario recordar que durante el desarrollo del Conflicto Armado Interno, con sus cerca de 70 mil víctimas, un gran porcentaje de estas eran hablantes de quechua u otra lengua originaria y provenientes del campo. Lo cual encontraría explicación también en los argumentos utilizados por Huayhua, ya que al ser deshumanizados se transforman en objetos, pasivos y prescindibles, hecho que justifica su muerte.

Y en segundo lugar,  volviendo al personaje de Benavides, es conocido que los epítetos utilizados por los personajes urbanos que interactúan con Jacinta, son los mismos que Huayhua describe en su argumento. Cosa que como salida fácil se podría decir que es un reflejo de la realidad, e incluso alguno se aventuraría a decir que es una respuesta, un cuestionamiento. Personalmente, creo que esto no es así, ya que más bien es un refuerzo y validación de un imaginario racializado que tarde o temprano terminara siendo motor de prácticas discriminatorias, no solo limitando el acceso a oportunidades y derechos, si no incluso llegando a legitimar la violencia física, psicológica y simbólica.

Finalmente, queda  abierta una pregunta: ¿Qué es lo que se puede hacer? Siguiendo el ejemplo del último libro Marco Avilés, “No soy  tu cholo”, por un lado hay que pensar  que todos somos parte de esta situación, seguramente actuando o pensando  de forma discriminatoria y racista, o simplemente callando, no diciendo nada y fortaleciendo el silencio cómplice. Segundo, rompiendo esa cómoda complicidad, y cuestionando los privilegios heredados y obtenidos por un orden social racializado, para actuar frontalmente, como grafica la tapa del libro, que muestra a una joven mujer “color puerta” con la mirada al frente y los puños en alto[6] o como sentencia el mismo Avilés en uno de sus textos “vayan a segregar a la puta que los parió”.

De manera que antes de tratar de lograr rescatar aspectos positivos al personaje de Benavides, es necesario responder a la pregunta si su personaje sirve para que nos riamos juntos, o estamos haciendo escarnio de “otro”. Otro, que por nuestros antepasados y costumbres, recordando al censo, se podría parecer a nosotros mismos. Siendo necesario admitir,  a pesar de su éxito y popularidad, más que ser un modelo positivo, es una fuente de reforzamiento de estereotipos negativos y no conforma un modelo de valoración positiva, sino también es uno de los mayores motivos por los cuales nosotros mismos nos desvinculamos de nuestra ascendencia indígena.  Ya que si el espectador se ríe, no lo hace para reconocerse en el personaje, todo lo contario, se ríe para distanciarse, y en vez de encontrar la salida del laberinto de la discriminación, se pierde en él, construyendo nuevos pasajes y fortaleciendo sus muros.

[1] Autora del artículo “De indio a serrano: nociones de raza y geografía en el Perú (siglos XVIII-XXI)” parte del Volumen 35, número 1 de la revista Histórica (PUCP, 2011).

[2] Autor del libro “La seducción de la clase obrera. Trabajadores, raza y la formación del Estado peruano” (IEP, 2015).

[3] Autora del libro “Indígenas mestizos: raza y cultura en el Cusco” (IEP, 2004).

[4] Editora, junto a Michel Back, del libro “Racismo y lenguaje” (PUCP,2017).

[5] Autora del artículo “Interacción social y racismo en el transporte público peruano”, parte del libro editado por Zavala y Back mencionado anteriormente. Publicado originalmente en ingles en “Ethnic and Racial Studies” (2013).

[6] El libro “No soy tu Cholo” (Debate, 2017) es ilustrado por la reproducción de la pintura “La Luchadora” de la artista plástico Claudia Coca.