Cien Años de Soledad y Gabriel García Márquez seguiran brillando

Por Diego Trelles Paz

Dos medios peruanos me invitaron gentilmente a dar mi opinión sobre García Márquez y no pude hacerlo por el trabajo que en una hora me lleva al festival de Lyon. No quisiera, sin embargo, que mi silencio se malinterprete.

Entiendo de parricidios y creo que son necesarios para los relevos en el arte. Pero todo acto de asesinar simbólicamente al padre tiene que proponer algo a cambio que lo sostenga: los golpes al vacío no arañan el aire. McOndo se quedó en el grito y en el gesto paródico, y su prólogo representaba la visión y la voluntad de un solo escritor que todavía piensa que la renovación de la literatura latinoamericana solo ocurrirá pensando que el mercado neoliberal es un tótem y el escritor es moderno si presenta sus novelas en Starbucks y aparece en la portada de People magazine.

Ninguna revolución se hace sin mujeres. Eso es un insulto ahora y lo era en 1996. McOndo las excluyó enfáticamente.

El acto parricida de McOndo contra García Márquez solo fue importante en los pasillos de los Departamentos de Español de las universidades de Estados Unidos. Ahora quizás, pese a la gran generación de autores que estuvo incluida en la antología, muchos de los cuales se desenmarcaron rápidamente del texto de Alberto Fuguet, solo sea anécdota histórica.

Gabriel García Márquez es uno de los dos o tres mejores escritores de la lengua española. He leído más veces EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA que CIEN AÑOS DE SOLEDAD, y todavía no puedo decidir cuál es mejor porque las Obras Maestras (así con mayúsculas) tienen esa fuerza imperecedera que las renueva constantemente ante cada nueva lectura.

Un clásico no caduca ni se empolva ni envejece por más que la forma de escribir y leer se modifique.

CIEN AÑOS DE SOLEDAD está, sin duda, en el podio de las grandes obras de la literatura universal. Han pasado 50 años y pasarán 50 más y seguirá brillando porque esa es la rara cualidad de las joyas en la literatura.