Tanto camino por delante

Por Rosela Millones

Tanta deuda pendiente, mamá Angélica

Estás durmiendo tranquila en tu casa una noche cuando de pronto entran a llevarse a tu hijo de 19 años. Tú te aferras a él, pero los militares te golpean hasta que lo sueltas y te lo arrebatan. Corres detrás del camión mientras ves cómo golpean a tu hijo en la tolva y logras ver que ingresa a un cuartel.

Los militares te dicen que te devolverán a tu hijo al día siguiente, pero, cuando regresas, te dicen que no saben nada de él. Quince días después recibes un papelito suyo, con su letra, con sus palabras, que te pide que busques un abogado para ayudarlo a salir de ahí.

Buscas, luchas, insistes, no lo logras, mientras tanto sigues guardando ese papelito y lo cuidas como quisieras estar cuidando a tu hijo en ese momento. Pasan los años, empiezas a creer lo que te dicen, que tu hijo ya no está en el cuartel sino muerto en alguna fosa de alguno de los cerros que te rodean.

Caminas, recorres, lo buscas. En el camino, se te unen otras madres, hermanas, hijas de otros que, como tu hijo, se fueron para no volver. Caminan juntas, gritan juntas, el miedo por las amenazas que constantemente reciben no logra detenerlas, cada vez son más. Mientras tanto, te sigues aferrando al papel, creas un museo en torno a esa notita de tu hijo, junto con los sombreros, los ponchos, las herramientas, los documentos, las cartas de los otros desaparecidos.

Recién 34 años después, cuando las fuerzas se acaban, sales de tu casa para escuchar la sentencia a los responsables del cuartel. Condenas incompletas e hijos que siguen sin aparecer. Unos días después escuchas al Primer Ministro de tu país decir que la memoria no debe ofender a nadie. Casi como decir que la memoria debe evitar el conflicto.

Tu memoria, tu papel amarillo con las palabras de tu hijo, eso que todavía te duele, te conflictúa, te ofende, no debe ofender a nadie más, que debes cerrar tu museo de recuerdos porque eso solo te debe doler a ti, en lo privado, y mejor no lo hables, no lo muestres, para que a nosotros no nos duela también, para que a los demás no les ofenda recordar sus delitos.

Entonces, cansada, decides ir a buscar a tu hijo en el último lugar donde esperabas encontrarlo. Tanta deuda pendiente, Mamá Angélica. Tanto camino por delante.

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