22/09/2020

Soviets en América Latina

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Por: Claudia Farfán Valer

El rumor de la revolución alcanzó rincones escondidos del mundo

En 1917, un 25 de octubre en San Petersburgo y 7 de noviembre en el resto del mundo, se inició la Revolución Rusa. Cien años y miles de kilómetros nos separan de ese momento. Incluso ahora, con Internet, Rusia sigue siendo un lugar distante, raro, con mucha nieve y castillos colorinche.

Casi medio siglo antes de la Revolución de Octubre, el 3 de abril de 1875, José Martí ya había puesto los ojos en este gigante país.

«Llama Rusia sobre sí natural y gravemente la atención, por la importancia de las cuestiones que promueve, por la mesura con que envuelve su decisión a la energía, y por la gran cuestión de razas que día a día se señala y va agravándose en la fuerte y extensísima nación. Alemania y Rusia, por la manera general con que plantean, estudian y resuelven sus cuestiones, merecen especial examen y no ligero juicio de los que en algo se preocupan por los vitales y hoy no muy seguros movimientos de los pueblos del viejo continente.»

Rusia tuvo, efectivamente, una fuerza gravitacional que alteró el tiempo-espacio de las revoluciones en el planeta. El mundo cambió aquel 7 de noviembre. Fue un momento en el que la palabra revolución estremecía otras fibras, rodeadas de obreros armados y campesinos insurrectos en lo inhóspito.

Así, desde lejos, empezaron a llegar los ecos de ese barullo a Latinoamérica. Era de esperar. La pretensión rusa no se detenía en sus límites geográficos nacionales. El 15 enero de 1921, el Comité Ejecutivo de la III Internacional redactó un documento sobre la revolución en América, que hacía vivas incansables por la revolución mundial y llamaba a los trabajadores de las dos Américas a unirse.

Este continente tenía sus propios levantamientos. Para 1917 la Revolución Mexicana había conquistado una nueva república con un rostro más indígena, campesino, obrero y emergente. A tres meses de la Revolución Rusa, el general mexicano Genaro Amezcua se encontraba en La Habana. Y hasta allá le escribió Emiliano Zapata lo siguiente, el 14 de febrero de 1918:

“Mucho ganaríamos, mucho ganaría la humana justicia, si todos los pueblos de nuestra América y todas las naciones de la vieja Europa comprendiesen que la causa del México revolucionario y la causa de la Rusia irredenta, son y representan la causa de la humanidad, el interés supremo de todos los pueblos oprimidos. Aquí como allá hay grandes señores, inhumanos, codiciosos y crueles que de padres a hijos han venido explotando hasta la tortura, a grandes masas de campesinos. Y aquí como allá, los hombres esclavizados, los hombres de conciencia dormida empiezan a despertar, a sacudirse, a agitarse, a castigar”.

Mientras tanto, la historia en Cuba tenía, como hasta ahora, su propio caudal. El joven Julio Antonio Mella, uno de los fundadores del primer Partido Comunista de Cuba, desmenuzaba, a la luz de Rusia, el intervencionismo estadounidense y su estrecha relación con la dictadura cubana. Julio invocaba “el pasado heroico” y “los alaridos de los mártires de 1905 inmolados en las nieves de la Rusia zarista, el clamor mundial de rebelión de 1917, tal es la música triunfal de nuestra guerra”.

Al mismo tiempo, en Argentina, el diario La Nación anunció el 9 de noviembre de 1917 que el Soviet había tomado el poder. La oleada revolucionaria hizo que los sindicatos argentinos recrudecieran sus huelgas y las clases acaudaladas exigieran mano dura al gobierno. En 1919, la huelga de obreros de los talleres Vasena, que se había convertido en una huelga general, terminó en La Semana Trágica: una de las represiones más crueles a las luchas obreras y populares argentinas, donde cientos fueron asesinados. Las letras de un tango recuerdan que esta maroma revolucionaria venía desde los soviets:

¡Ya está! ¡Llegó!
¡No hay más que hablar!
Se viene la maroma sovietista.
Los orres ya están hartos de morfar salame y pan
y hoy quieren morfar ostras con sauternes y champán.

Mientras tanto, en el Perú se dio un Golpe de Estado que obligaría a una suerte de exilio a uno de los pensadores más brillantes del país: José Carlos Mariátegui. Él siguió una larga discusión en torno a la Revolución Rusa que se batía entre el eurocentrismo y el partir siempre desde la especificidad de América Latina. Sin embargo, él mismo terminaría diciendo que “la Revolución Rusa constituye, acéptenlo o no los reformistas, el acontecimiento dominante del socialismo contemporáneo. Es en ese acontecimiento, cuyo alcance histórico no se puede aún medir, donde hay que ir a buscar la nueva etapa marxista”.

El rumor de la Revolución alcanzó rincones escondidos del mundo. Alimentó las ganas de darle la vuelta a la tortilla y la sed de justicia social. Esa Revolución cambio las condiciones de un país de 22 millones de kilómetros cuadrados y más de 130 mil personas, pero en el mundo logró cambiar los sentidos comunes e instaurar el bichito de creer que otro orden podía ser posible.

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