Cusco sin buses, sin bocinas, humo, ni atascos

Por: Pavel Valer
Como fue declarado el “paro” de transportistas, el martes me levanté más temprano. No vi ni un bus por la mañana. Pude caminar por la ciudad. La calle lucía más libre, más limpia, más nuestra.

El aire se podía respirar. Me di cuenta de que el Cusco tiene aires de primavera, no había humos, hollín, gritos. ¡Cómo no se les ocurrió antes! fue lo que quedó en mi cabeza.

Los propietarios de los buses que atiborran la ciudad convocaron a una huelga para protestar en contra de los usuarios, los pasajeros, que todos los días subimos a sus buses. La idea que quisieron hacer pasar es que nosotros –trabajadores simples, cusqueños de a pie, estudiantes, empleados, madres de familia– abusamos de ellos, que no los comprendemos y les mal pagamos por sus servicios una ínfima cantidad que los está llevando a la quiebra.
Pero para lo que ha servido de verdad este día de protesta de los pequeños capitalistas, choferes, cobradoras y boleteros, es para que los ciudadanos simples nos demos cuenta de que podemos –debemos– vivir sin el sistema de transporte público que nos han impuesto.
No recordaba un día más tranquilo en la ciudad sin esos “buses” de engaño, combis revividas pero un poquito más grandes, igual de incómodos, sucios, desordenados e inseguros. Ya echaba de menos aquellos días sin tanto tubo de escape escupiéndonos humos en la cara cuando transitamos por nuestras calles, aquellos años en los que podías llegar a tu destino sin estrés porque un atasco lento y gigantesco devora las horas.

¡Cuánto tiempo de nuestras vidas lo pasamos en aquellos autos trucados, esas latas desaseadas e incómodas, que las autoridades públicas y los empresarios chicha llaman “buses de trasporte público”!

Un estudio calcula que al menos 18 días completos al año. Tiempo que debería ser utilizado para producir, para disfrutar con nuestras familias, para leer, para ser humanos. Y lo peor: es un tiempo muerto en un transporte caro, ineficiente, de baja calidad.

Esa es la consecuencia de las políticas neoliberales que, permitiendo la informalidad extrema (el sistema “combi”) y el descontrol en el servicio de transporte urbano, se vienen aplicando desde 1991 con el Decreto Legislativo 651. Es el resultado del desprecio por la Constitución que establece que la economía social de mercado, con la libre iniciativa privada y la competencia, ordena la oferta de bienes y servicios, pero buscando la calidad y el progreso para todos.

Es el efecto del abandono del Estado y el centralismo. Los Ministerios muchas veces han atado de manos, agravado su incapacidad y falta de imaginación, a las autoridades regionales y municipales que poco han hecho frente al abuso de la actividad empresarial abusiva y a toda costa, sin consideración a los derechos de las personas.
Aquel descalabro debe acabar. Pero no lo hará si los cusqueños no rechazamos, con todas nuestras fuerzas, el neoliberalismo y el centralismo que nos oprimen, sino exigimos un correcto sistema de transporte que supere la herencia de los malos gobiernos. Tenemos que exigir la instauración de un sistema de transporte urbano e interurbano moderno y decente. ¡Por qué no un Metro del Cusco, un sistema de autobuses al nivel de las más importantes urbes del mundo, un ferrocarril de cercanías que una a nuestros pueblos e impulse de verdad nuestra economía?

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