Por: Pedro Efraín Salas Cárdenas*

Lo jodido del tiempo es que pasa sin avisar. Era agosto de 1993. La selección peruana de fútbol jugaría un trascendental encuentro clasificatorio por el mundial de USA 94 con su par colombiano. Ese partido causó una verdadera conmoción en mi escuela, especialmente en mi salón. Los días previos se vivieron con verdadera locura. En aquel tiempo, yo tenía siet años de edad y junto con otros 50 compañeros de clase salíamos al recreo gritando a todo pulmón: “Perú, Colombia”. Eso era todo. Dos palabras, dos naciones, dos conceptos que se repetían hasta el infinito introduciéndonos en un tipo de trance espiritual llamado fútbol. 

PERU ECUADOR 24-05-96, GUAYAQUIL ELIMINATOERIAS

Nuestra cancha era una pequeña porción de calle que unía el estacionamiento de la escuela con las verdaderas cuadras de fútbol, donde, claro, los niños mayores no nos dejaban jugar. La regla era simple, de un lado los peruanos y del otro, los colombianos. Nadie armaba los equipos, era una elección íntima y personal. Colombia estaba representada por, a lo mucho, diez compañeros, seguramente seducidos por el embrujo del peinado del Pibe Valderrama. El equipo peruano tenía a más de 30 atletas. Las goleadas eran abultadísimas, y las peleas por ser Ronald Baroni, el Chemo del Solar o el Puma Carranza incontables.

Hasta que llegó el domingo 8 de agosto de 1993. Perú perdió jugando de local. Los recreos posteriores a dicho acontecimiento seguían siendo precedidos por nuestro conocido grito de guerra que no se alteró en lo más mínimo: “¨Perú, Colombia”. La única diferencia fue que día a día el equipo colombiano fue ganando más ciudadanos. Yo mismo disfruté muchísimo de mi cambio de nacionalidad. Sin embargo, el final de aquellos partidos fue una lección de vida. Colombia tenía más de 40 jugadores y Perú solo contaba con cinco héroes. Y digo héroes porque pasaban los días y ellos no renunciaron nunca a su patriotismo. Nosotros, colombianos, ya queríamos organizar un campeonato un poco más equilibrado, hasta ya teníamos determinado quienes serían de Cali, Medellín y Barranquilla. Pero nada. Esos cinco héroes no renunciaron nunca a la roja y blanca. Yo me preguntaba, al igual que todos mis compañeros, qué los unía tan pasionalmente al Perú. Nunca lo supe.    

La final de la Copa América 2019 será disputada entre Brasil y Perú. Llegamos a esa instancia luego de superar a la selección chilena de manera contundente. ¿Cuáles fueron las claves de la victoria? Por lo menos se pueden avizorar dos de ellas: el sistema defensivo peruano y la apatía del rival.

El reconocido periodista deportivo Juan Pablo Varsky, luego de la victoria peruana sobre Uruguay, realizó un exhaustivo análisis sobre el sistema defensivo acuñado por el Tigre Gareca. La presión que ejerce el equipo peruano a sus rivales es altísima. Esto quiere decir que Perú impide que los zagueros o primeros volantes del equipo rival generen fútbol a través de una salida limpia, obligándolos a rifar el balón mediante pases largos o a retroceder la intención de su juego. Además, el equipo peruano, cuando no tiene el balón, ocupa los espacios de la cancha de una manera dinámica e inteligente. O sea, a pesar de no tener la pelota, sigue decidiendo la marcha de la misma, acción a la que llegan poquísimos equipos, ya que implica una sincronización de movimientos y voluntades.

Perú – Uruguay (Foto: Radio Capital)

Entre líneas, y a partir de las declaraciones de jugadores, cuerpos técnicos y prensa, tanto de Uruguay, como de Chile, se pudo concluir que, más allá del protocolar respeto expresado por Perú, los mismos ya sentían haber superado la fase que les tocaba enfrentar sin siquiera haber jugado todavía. El Cholo Simeone, con simplicidad y contundencia, declaró, hace bastante tiempo ya, que no hay mayor ventaja en el fútbol que saber que se es inferior a un rival. Esto potencia las posibilidades de quien sabe que parte con desventaja técnica y física. Por el contrario, saber o sentirse superior en relación a quien se enfrenta termina muchas veces en aquellos lugares comunes que tanto gozo brindan a los David del fútbol: “No merecíamos perder” o “nos ganaron, pero no fueron superiores a nosotros”.

Con los pies sobre la tierra, sabemos que Brasil parte con todas las ventajas. Los amantes del fútbol lamentamos que la canarinha haya perdido aquel juego capoeira, malandro e irreverente. Por el contrario, Brasil se ha convertido, desde hace tiempo ya, en un equipo burocrático y hasta aburridamente defensivo, salvo por algunos chispazos de Neymar que hoy lamentablemente está ausente de todo. Perú, por su lado, tendrá poquísima chance de dar la anhelada sorpresa, pero no dudo que el partido de nuestra final de mundo quedará grabado por siempre en nuestras memorias.

Bajo mi parecer, no hay nada más falso que amar a una patria, aquella aglomeración aleatoria de territorios, por los triunfos que esta le otorgue a nuestra autoestima o vanidad. En todo caso, que el amor por ella signifique un descubrimiento profundo de los elementos que la componen y no una receta de éxitos a repetir como autómatas sin corazón. No tengo dudas que nuestra patria sigue siendo construida por seres anónimos que nunca tendrán lugar en la mesa de quienes dicen escribir la historia.   

Foto: Andina Noticias

Foto Portada: Andina Noticias

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