Los frutos de la revolución

Corría 1974, hace casi medio siglo, cuando los hijos de los campesinos tuvieron ingreso libre a la universidad. Los hijos de aquellos cambios y logros ahora son grandes profesionales en varias entidades del Estado en Cusco.

Escribe: Alberto García Campana

En algún momento, hacia 1974, la fiesta se encendió en las zonas rurales del Cusco. El gobierno militar encabezado por el general Juan Velasco Alvarado, había emitido un decreto que abría las puertas de la universidad (hasta entonces cerradas) para los hijos de los campesinos, independientemente de sus capacidades académicas y sin pasar por el filtro que representan los exámenes de admisión.

Hoy, 45 años después de aquella apertura de las siempre solemnes aulas universitarias, se impone una evaluación serena para determinar si tal iniciativa representó en realidad una ayuda para los hijos de los campesinos o por el contrario fue un motivo de angustia y pesar para quienes seguramente no tenían mayores expectativas que permanecer en sus comunidades, labrando la tierra y cosechando lo mismo que sus padres y sus abuelos habían cosechado.

El poder de los dirigentes

Entonces, el gobierno había otorgado plenas facultades a las federaciones distritales y provinciales de campesinos o a las  ligas agrarias, para evaluar la condición de los postulantes a las becas para el acceso libre a las universidades públicas. Evidentemente, las becas solamente estaban destinadas a los estudiantes del quinto año de secundaria de las instituciones educativas estatales, con énfasis en aquellas ubicadas en las provincias del interior.

De esta manera, los dirigentes campesinos se constituían en una especie de jurados que calificaban solamente las condiciones socio-económicas de los aspirantes a las becas, y la determinación era inapelable: por cada colegio estatal, dos estudiantes se hacían acreedores a las becas para el ingreso  a las universidades (en este caso a la UNSAAC) sin rendir el examen de admisión.

Esos dos alumnos se sumaban a los otros dos que ocupaban los primeros lugares en rendimiento académico, de lo que se colige que, cada colegio estatal aportaba cuatro estudiantes en calidad de becarios exonerados del examen de admisión a la universidad. Dos de ellos debían acreditar buen nivel académico y los otros dos demostrar que, efectivamente, eran hijos de campesinos.

Probablemente, las cercanías familiares o políticas hayan ejercido alguna influencia en la decisión de los dirigentes campesinos quienes también, sin solicitarlo, se convirtieron en hacedores del destino de sus coterráneos.

Vacíos y dificultades

De pronto, los estudiantes que egresaban de los colegios estatales y que habían sido favorecidos con las becas de ingreso libre a la universidad, se encontraron en un espacio para el que no habían recibido suficiente capacitación. No estudiaron en academias, no estaban en los primeros lugares en rendimiento académico, pero de manera inesperada se hallaron sentados en las carpetas para cursar estudios superiores.

No se tiene un registro, o al menos la situación de crisis desatada por el coronavirus ha impedido acceder a la información estadística con respecto al número de estudiantes que fueron beneficiados con el ingreso libre a la universidad, aunque lo más complicado será establecer el destino final de esos alumnos.

Probablemente, habrá algunos que concluyeron sus estudios superiores y alcanzaron el título profesional, pero también habrá otros que, enfrentados a una realidad distinta, optaron por retornar a sus comunidades, asumiendo la circunstancia de ser implantados, sin preparación previa, a otros niveles de formación profesional.

Los que coronaron exitosamente sus estudios universitarios, pueden decir hoy, con legitimidad, que son “los hijos de la revolución”.

La “deselitización” universitaria

Hoy, los apellidos de procedencia indígena que llenan el staff de profesionales de la medicina en hospitales y clínicas del Cusco pasan a ser mayoría. Hay profesionales destacados en todas las especialidades médicas que dan cuenta de cómo, por ejemplo, las facultades de Medicina Humana de universidades públicas y privadas han dejado de ser espacios reservados solamente para aquellos de “noble apellido”.

Son cada vez más los postulantes de zonas rurales del Cusco los que ingresan a facultades como Medicina, Odontología, Farmacia, etc., las que antes estaban reservadas para estudiantes de las grandes urbes que estudiaban en colegios “de prestigio” y que inclusive seguían la tradición familiar, asumiendo casi como por herencia la profesión médica.

Pero es evidente que de la realidad local, de ese avance notable de “los nuestros” en ciertas facultades universitarias, a la realidad limeña, por ejemplo, hay todavía una distancia considerable por recorrer y muchos obstáculos por vencer. Si se accede por ejemplo a los sitios de Internet que dan cuenta de médicos especialistas en determinadas áreas, será poco probable encontrar apellidos como Mamani, Cutipa,  Paucar, Coanqui, Huallpa, etc. con todo el respeto y el cariño que sentimos por ellos. Probablemente, nuestros destacados profesionales de la medicina, sean hijos o parientes cercanos de aquellos pobladores rurales que, en la época de Velasco Alvarado, tuvieron ingreso libre a las universidades.

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