En qué momento se estancó el Perú

Las banderas blancas izadas en cientos de casas peruanas simbolizaron el hambre y la pobreza durante la pandemia. A 199 años de Independencia el Perú sigue siendo un país donde las injusticias persisten y los pobres siguen siendo ignorados. Tres cusqueños nos ayudan a entender por qué todavía no tenemos un horizonte claro y en qué hemos fallado como país.

Las banderas blancas se izaron durante la pandemia en las casas de barrios, asentamientos humanos y pueblos jóvenes del Perú para simbolizar el hambre y la pobreza. Medios peruanos y El País de España titularon “Las banderas blancas del hambre” y así pusieron en evidencia lo que permanecía oculto e ignorado por el Estado peruano hace décadas: la pobreza golpeando a la mayoría de ciudadanos.

Así, ese enemigo microscópico desnudó las desigualdades que sobreviven en el Perú. A casi dos siglos de la independencia, todavía habitamos un país parcelado y excluyente, y los asuntos importantes como salud, educación, servicios básicos, ingresos mínimos, entre otros aspectos, siguen siendo la última rueda del coche.

El terrorismo, una de las crisis más duras y sangrientas que ha sufrido el Perú, obtuvo respaldos porque la injusticia imperaba. El caldo de cultivo, según el escritor Carlos Iván Degregori, fue la pobreza, atraso y opresión gamonal. El saldo: quince años de guerra con casi treinta mil muertos, más de tres mil desaparecidos, al menos medio millón de desplazados y algunos centenares de recuperados.

La pandemia ha mostrado cuán desigual es el Perú. Los hospitales con escasas camas y respiradores en las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) para atender a pacientes críticos, el hambre acechando a los pueblos jóvenes y asentamientos humanos en las ciudades, el abandono de los campesinos y la pobreza golpeando al 20.5% de los peruanos, es decir, más de 6,4 millones de peruanos, según el informe de febrero del 2020 del Instituto de Estadística e Informática (INEI).

Un analista político, un joven político y un sociólogo analizan para Pulso Regional ¿Por qué todavía no logramos una ruta clara como país? ¿En qué hemos avanzado? ¿En qué hemos fallado como país? y ¿En qué han fallado el Estado y la clase política?

Aarón Medina Cervantes, exregidor y candidato a alcaldía del Cusco

La herencia colonial, según Julio Cotler, es la que a mi juicio resulta ser en líneas generales lo que impide que tengamos un proyecto de país que nos otorgue una ruta clara hacia el progreso y desarrollo; y es, además, el origen de la gran mayoría de nuestros problemas públicos. La crisis política que tiene doscientos años, y que cada cierto tiempo aparece con un nombre diferente, es finalmente la representación del divorcio entre los que se favorecieron de esa acumulación originaria que explica Marx, y los marginados de ella. Lo que resulta curioso es tener doce Constituciones, pero ningún contrato social.

A pesar de los problemas y traumas que arrastramos como nación, se ha tenido la capacidad de establecer el inicio de un peruanismo vinculado, sobre todo, al mito histórico pre-colonial. No es poco, pero aún es insuficiente. La muestra de ello se puede ver en dos manifestaciones sociales: primero, lo cholo es ahora más considerado como una expresión cultural y no tanto como una condición socio-económica; segundo, los peruanos van admitiendo la pluralidad y el mestizaje, incluso en expresiones más técnicas como el urbanismo. Es un avance importante.

Los fracasos son muchos en lo político, en lo social y en lo económico. A un año de cumplir doscientos años de República muchos se preguntan: ¿en verdad somos una República? Y los cuestionamientos son válidos en un país como el Perú. Sin embargo, partiendo de la realidad nacional, que imprescindiblemente debe aceptar nuestras limitaciones, el principal fracaso o fallo político-institucional es la descentralización.

Eulogio Tapia Deza, expresidente de la Mesa de Concertación y Lucha contra la Pobreza Cusco

No hay una lectura integral del país. Más que una lectura integral se pueden esbozar algunas reflexiones. Una de las primeras es que la democracia está en un proceso de institucionalizarse. Desde el fin de la dictadura de Alberto Fujimori hasta la fecha, este el periodo más largo de gobiernos civiles y electos democráticamente. Recién tenemos una generación que está creciendo en democracia. Hemos avanzado bastante cerrando brechas, porque hasta los años 1980 los niveles de desnutrición eran altísimos. Algunas instituciones se han ido consolidando y eso es también un logro.

Por otro lado, lo malo es que hay una fuerte tendencia a pensar en el salvador o el caudillo en vez de pensar en el partido político y el plan de gobierno. Somos una democracia que como forma de gobierno recién se está institucionalizando y cuyas instituciones que la sostienen recién se están consolidando. El otro tema tiene que ver con la visión de corto plazo que tenemos. Esto tiene sus raíces en las crisis constantes que hemos vivido y el camino azaroso que representa mirar a largo plazo, por eso buscamos la recompensa inmediata.

El otro asunto es el Estado ajeno. La población en general no siente al Estado como suyo. Quizás eso tenga que ver con la distancia y la enorme ausencia estatal en sectores rurales. A las justas llega con la escuela o la posta si es que hay. Hay localidades donde el Estado no existe y uno tiene que salir de su pueblo para buscar al Estado.

Jesús Manya Salas, analista político

Por estas consideraciones históricas es que no se ha construido país y un proyecto nacional. La guerra con Chile fue un primer examen al desastre y a la improvisación: Ignacio Prado y Nicolás de Piérola disputando en una enconada casi guerra civil sus intereses de grupo y, lo que es peor, como socios del capital chileno, llevaron al país a la derrota de manera inevitable, a pesar del inmenso sacrificio del pueblo y soldados, que entregaron sus vidas por defender el territorio.

En el siglo XXI la pandemia es otro examen a nuestra condición de país, pero el gobierno al servicio de los grupos de poder volvió a mirar como su propiedad privada al Estado y usó los recursos de nuestras reservas para el salvataje financiero de sus empresas corruptas, encerraron en una cuarentena salvaje al pueblo, sin recursos, sin alimentos y sin salud, para luego echarles en cara su condición de pueblo de “informales”.

El Bicentenario es una oportunidad para abrir y obligar al debate acerca del proyecto de país y nación. Estamos en plena crisis sanitaria, crisis económica y crisis de régimen político; el gobierno y los grupos de poder quieren replicar el fracaso, ante ello hay una poderosa tendencia en la humanidad que desea y aspira a una nueva forma de convivencia humana y natural. El pueblo peruano debe participar de esa búsqueda para romper el atavismo de la derrota y el fracaso. ¡Esa es la tarea del presente para construir una Patria democrática, productiva y plurinacional!

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