28/11/2020

El miedo a ser vulnerable

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Escribe: Cesar Prieto

Una mujer acusa a 5 personas de haberla violado de manera colectiva. Uno de los abogados saltó a decir que la señorita “tiene una vida social activa” para que lo tomen en cuenta en juicio como si se tratara de un atenuante legal. Comentarios en Facebook, algunos tímidos y otros directos, apoyan estas declaraciones. Legalmente no lo será, pero socialmente para muchos, sí.

¿Qué pieza es la que no funciona en nuestra sociedad para que pensemos así?

La urbanidad en Perú parece haber sufrido en algún punto un tremendo revés. Sería osado apuntar a una sola causa en un país tan convulsionado social y políticamente, pero, a mi juicio, hay 3 motivos principales: Deformación de la empatía, la desfachatez masculina y el miedo a la falta de control.

Es claro que la gente en gran parte ha perdido de vista el pegamento social: la empatía, o como mínimo lo ha tergiversado hasta convertirla en una versión mutante fijada hacia el ego. Armando de Miguel, sociólogo español, opina que «La base de la urbanidad, de la buena educación, es moral: no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti». Es simple, tan simple que asusta que no se aplique. ¿Por qué la gente se pone del lado de los acusados en casos de violación mucho más a comparación de los acusados de ladrones? Porque a la gran mayoría alguna vez nos han robado. Sabemos lo que se siente, la frustración, la impotencia, la desconfianza en las autoridades. Una violación no es algo que la mayoría de comentaristas de redes sociales ha tenido la desgracia de sufrir, por lo que es más difícil que entiendan. ¡Pero tampoco es tan difícil! Esto es producto de una política salvaje del “Sálvese quien pueda”. Es complicado pensar en los demás si primero debo sobrevivir mi familia y yo. Pero esta forma de ver la vida se expandió hasta actos irrelevantes del día a día. Si no puedo pensar en el prójimo en algo tan sencillo como mantener una zona limpia, ¿Podría hacerlo con temas mayores? De una manera comprometida, es algo difícil.

En una crisis, como la actual, las causas de la falta de empatía son obvios, pero vivirlo constantemente nos hace sentir una justificación ante todo lo que hacemos en una especie de auto-compasión: “He tenido un mal día, así que puedo hacer lo que me dé la gana y al diablo el resto”, siendo “lo que me dé la gana” desde orinar en la calle hasta insultar a quien quiera y “el resto” mis vecinos o mi familia. Si nuestra educación urbana no es lo suficientemente fuerte, estos impulsos nos devorarán cada vez que surjan y no podremos ver más allá de nuestra realidad o apreciar las consecuencias de nuestros actos.

Han llegado a verse hasta comentarios que apoyan el “desahogo masculino”, una necesidad de los hombres de soltar su libido contra la primera mujer que sientan que se lo buscó. Y aunque digan que la mayoría de esos comentarios son “bromas de cuentas fake”, se crea una retroalimentación en que la gente que tenga ideas mínimamente parecidas se sienta avalada. Por poner un ejemplo, las primeras brujas eran mujeres que sabían de medicina rudimentaria con hierbas e ideología naturalista. La Iglesia las acusó de tener tratos con el diablo y de realizar rituales sanguinarios, que eran en realidad malinterpretaciones de costumbres tradicionales de su sofocada sociedad. Cuando estas costumbres llegaron a oídos de personas de alta sociedad que tenían intereses genuinos en magia directamente satánica, adivinen de dónde sacaron la base de sus rituales: de las malinterpretaciones de rituales de diferente fe. La broma se hizo real porque los pioneros la creyeron real, sin saber que le daban vida a una mentira.

Entre todos los miedos humanos, aquellos ante los que tenemos consciencia por nuestra capacidad de razonar, destaca uno que pasa desapercibido, pero es una de las raíces de la ansiedad y el estrés: El miedo ante la falta de control. Los temores no son solo estímulos que provocan rechazo y evasión, sino que también nos empujan a realizar actos y tomar posiciones que salvaguarden nuestra seguridad y nuestros esquemas mentales (nuestro concepto de realidad). Es por eso que tomamos el rol de juez para defender o replicar afirmaciones como “Se lo buscó, ¿Para qué sale a ese lugar/a esa hora/con esa ropa?”. Esto nos da una falsa sensación de seguridad de que “nunca me va a pasar a mí, porque yo no hago tal cosa/yo no voy a esos lugares/yo no me visto así”. Afirmar que algo así podría pasarle a cualquiera es reconocernos como entes vulnerables, como una potencial víctima a ser atropellado, asaltado o peor. En el caso de la violación, la cantidad de víctimas atendidas en el Centro Emergencia de la Mujer entre 2012 y 2019 se diferencia entre mujeres y hombres por casi 20 a 1 (94% vs 6%). Eso hace que los hombres virtualmente no tengan que preocuparse y la mayoría no desarrollen empatía de manera espontánea. Llegamos al extremo de verlo como un merecido castigo contra aquellos que justamente realizan lo que consideramos no debe hacerse (como no ir a un barrio a cierta hora), pues refuerza nuestra idea de que estamos en lo correcto y de que estamos a salvo siempre y cuando nos mantengamos en ese riel.

Tristemente, existe un concepto mucho más peligroso, que ha sobrevivido el pasar del tiempo, pues ha sido reforzado entre generaciones y ha desarrollado resistencia ante la empatía: “Eso solo les pasa a las mujeres, yo no tengo por qué preocuparme”. Esto genera un distanciamiento en la empatía entre hombres hacia mujeres, y llegan a creer cosas como “hasta yo, siendo hombre, sé que una mujer no debe hacer eso”. No son pocos los reportes de denunciantes que afirman que varones que tomaban su denuncia decían cosas como “¿Pero tú lo provocaste? ¿Y qué hacías ahí a esa hora?” Por eso se habla de reducción de libertades, pues se juzgan los actos de una mujer para calificar si lo que le sucedió era predecible o justificado. La imagen de “señorita” no debe ser un modelo que sirva para juzgar y desear un castigo a aquellas que se salgan de él.

Hay personas que han perdido un ser amado, pero dejan limpio el cementerio antes de retirarse. Hay personas que no han tenido relaciones sexuales en meses, pero no intentan atraer a una amiga suya a su casa cual araña esperando a la mosca, ni se enojan con ella si se niega a hacer algo que “supuestamente era obvio”. Hay personas que piden seguridad en ciertas zonas aparte de solo evitarlas. Que la gente se haya adaptado a cierto tipo de vida con deficiencias no es excusa para dejar de luchar por uno mejor. Todos tenemos miedo. Todos debemos cuidarnos dentro de lo que nuestro razonamiento nos indique sin caer en ingenuidades, pero nadie tiene que vivir siempre con miedo, miedo a la injusticia de no ser tomados en serio, a ser víctimas de la violencia en nuestro propio barrio, miedo a que algo le suceda a las personas que queremos solo por ser quienes son. Negarlo o desviarlo no nos hace más valientes, solo nos pone una venda para seguir adelante y agradecer entre susurros que no nos pasó a nosotros hasta hacernos creer que nunca pasará. Comprender el miedo ajeno nos acercará a ser una sociedad más considerada y, con suerte, nos empujará a buscar una sociedad mejor en donde vivir.