28/11/2020

Nuestro legado es acabar con tu legado.

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Escribe: Jorge Millones

“Yo pisaré las calles nuevamente,

 de lo que fue Santiago ensangrentada

y en una hermosa plaza liberada,

me sentaré a llorar por los ausentes”

(Pablo Milanés)

Para los neoliberales la democracia es un estorbo, no solo está escrito en sus catecismos, también lo han puesto en práctica. Apuntaba bien Naomi Klein que el neoliberalismo para instaurarse siempre ha necesitado de fuertes shocks. Impactos que ataranten, que causen inmenso dolor, estupor e inmovilidad. Como un electroshock que genera un momento de inconsciencia, un paréntesis en la voluntad que es aprovechado para imponer un nuevo orden, reescribir la historia y redefinir a toda una sociedad.

Yo pisaré las calles nuevamente

Así ocurrió en Chile. El golpe de Estado de 1973 fue un shock y el acto fundacional de la política neoliberal en el mundo, patrocinado por el imperialismo norteamericano y la asesoría especial de un inescrupuloso Milton Friedman.

Con el asesinato de Salvador Allende las ideas de los Chicago boys, Von Mises y Hayek salieron de los libros y sus círculos académicos para entrar en la realidad, realidad a la que masacraron para hacerla encajar en sus recetas.

Pero lo que hemos presenciado el domingo 25 de octubre en Chile, es el inicio del fin de la dictadura neoliberal chilena. Porque luego de la salida de Pinochet la democracia chilena estuvo siempre tutelada por los grupos de poder económico que estuvieron detrás de la dictadura. Sobre todo, en materia económica -el ámbito más sensible- la dictadura nunca se fue, Pinochet y los intereses a los que representaba dejaron el gobierno, pero jamás abandonaron el poder. Es por eso, que el principal eslogan de la jornada democrática del domingo 25 resume perfectamente todos estos años de resistencia y lucha del pueblo chileno: “Nuestro legado es acabar con tu legado”. Chile ha retornado a la democracia y aunque el costo ha sido alto, se puede decir que Chile se ha cobrado la revancha de la Historia.

Pero en la región no solo Chile se sacude del neoliberalismo, Bolivia también ha retomado su proceso soberano que -no exento de errores políticos- había sido interrumpido por otro golpe de Estado de última generación. Golpes al estilo de la “primavera árabe” en Bolivia, infiltración y traiciones como en Ecuador o el “impeachment” en Brasil, nos muestran el nuevo modus operandi de las fuerzas conservadoras y los grupos de poder, que han mutado incorporando a sus filas a grupos cristianos religiosos fanáticos y violentos, “conspiranoicos” dignos de la edad media. Sin embargo, con todo lo que han invertido no han logrado eliminar lo que en su momento se llamó el ciclo progresista en la región, que al parecer entra en una nueva fase en todo el continente.

¿Y en casa cómo andamos?

Igual que la Constitución chilena, la nuestra también fue parida por un golpe de Estado. Recordemos que en 1990 nadie votó por esa traición fujimorista que significó el “sinceramiento económico”, que evaporó el futuro de toda una generación de peruanos de un plumazo. Fujimori había prometido en campaña todo lo contrario a las políticas de shock y desregulación que más bien enarboló Vargas Llosa. Detrás de todo ese verbo económico hubo muchísima violencia para acallar los justos reclamos del pueblo y persecución a la oposición política. El tétrico mensaje del ministro Hurtado Miller, “Que Dios nos ayude”, fue el momento en que arrancó la aplanadora neoliberal en el Perú, el golpe del 5 de abril había sido la antesala, pero después del mensaje a la Nación anunciando los fujishocks los peruanos nos enteramos que seriamos indeseables inquilinos en nuestra propia casa.

La dictadura neoliberal peruana fue más sofisticada que la chilena, pues la represión fue más selectiva y se apoyaron más en el aparato ideológico, de ahí que Montesinos se enfocara en controlar los medios de comunicación. Redujeron la democracia al simple ritual de votar, pero jamás hubo espacio para cambiar nada o expresar alguna crítica al nuevo modelo. Si alguien se atrevía, le caían encima la SUNAT, o el Poder Judicial, o el SIN y la “prensa chicha” destruía la imagen de quien osara salir al frente del fujimorismo.

Durante el fujimorato se organizaron muchos comicios electorales como una forma de “consagrar” un sistema que en el fondo era ilegítimo, que reposaba sobre un golpe de Estado y una “pacificación” que sirvió más para eliminar a la oposición democrática que para acabar con el terrorismo. Prueba de eso es que Sendero Luminoso sigue operando y extendiendo sus redes agazapado en la política peruana buscando una grieta por donde volver a la escena pública.

Hoy nos damos cuenta que democracia y neoliberalismo son palabras que se excluyen mutuamente. La derecha peruana ha teñido la democracia con su propia ideología para encubrir o naturalizar los intereses de algunos grupos de poder. De esa manera se impuso un falso consenso en donde palabras como “reinserción”, “crecimiento económico”, “emprendedores” lo que buscaban era una homologación de democracia y economía de mercado, democracia igual reglas neoliberales, no había otra posibilidad para ellos. Gracias a este contrabando ideológico repetido como un mantra por los oligopolios mediáticos y sus bravucones comisarios que fungen de comentaristas políticos o “líderes de opinión”, la ciudadanía interiorizó este embutido de falsas ideas que generaban una sensación de “bienestar” y prosperidad falaz, cuando en realidad todo se volvía precario y solo un pequeño grupo prosperaba.

El plan consistía en que todos nos sintiéramos empresarios, accionistas de esa gran ficción que fue el “chorreo” y defendamos como propios los intereses económicos de tres o cuatro grupos empresariales que controlan la economía y la política en el Perú. Todo ese complejo y peligroso castillo de naipes se derrumbó con la pandemia. El Covid-19 nos mostró que el neoliberalismo no había sido nuestro invitado especial para la cena, sino más bien, un delincuente que nos estaba robando y echándonos de nuestra propia casa.

Únanse al baile

Todos estos importantes desplazamientos políticos en Chile, Bolivia y en toda la región se dan durante la pandemia y no es poca cosa. La ciudadanía se ha movilizado a pesar de todo, porque reconoce la urgencia de sus demandas y lo que está en juego para el futuro. Sin embargo, todos estos hechos trascendentes que apuntan a un histórico cambio de rumbo son tratados tangencialmente por los oligopolios mediáticos en el Perú. A penas una noticia más, un acápite menor en la retahíla de escandaletes a los que nos tienen acostumbrados en contubernio con nuestra mediocre clase política. Se entiende, ya que lo que está ocurriendo no solo es un cuestionamiento concreto al modelo neoliberal a nivel latinoamericano y mundial, es también el agotamiento del combustible ideológico neoliberal para seguir justificando su dominio.

Ahora, les será más difícil “terruquear” a los que denuncien las injusticias y la corrupción del modelo, ya no les funcionará “venezolanizar” la política nacional para ocultar las tremendas desigualdades que generan sus recetas, porque lo que ha demostrado esta pandemia, es que para el neoliberalismo la vida no vale nada. Tenemos en menos de un año una cantidad similar de muertos a las que tuvimos en 20 años de terrorismo, en gran medida porque el sistema de salud fue hecho carroña por las políticas neoliberales de quienes gobernaron con la Constitución de Fujimori. Miles de muertos y familias enlutadas que aún no encuentran una forma de expresar su rabia y frustración, pero que ya empiezan a hacer la asociación lógica: el neoliberalismo degrada la condición humana. Cuando un juez deja en libertad a un violador por dinero, cuando las clínicas y algunos médicos aprovechan la desgracia del prójimo para ganar más dinero, cuando el mediano empresario se va a la quiebra mientras al millonario lo salvan con créditos del Estado, cuando la impunidad campea en medio del dolor y la indignación, es que se empieza a hacer la conexión y hay que repetirlo: el neoliberalismo degrada la condición humana

En un escenario así, cualquier cosa puede pasar. Siempre es más fácil la salida autoritaria y de mano dura, por derecha o por izquierda, nunca faltan extremismos de verbo encendido que venden panaceas y soluciones inmediatas pero que no le tocan un pelo al sistema. Pero también se abre la posibilidad de una salida democrática que nos involucre a todos, un nuevo pacto social entre todos los sectores de la sociedad peruana, no solo los grandes empresarios. Un proceso constituyente o una nueva Constitución que nos llevé más allá de la dictadura neoliberal consagrada en el documento que impusieron Fujimori y sus compinches en 1993 y que viene durando casi 25 años.

Es obvio que así no podemos continuar, no debemos aceptar esta “nueva normalidad” y mucho menos la “antigua normalidad”. Estamos ante una oportunidad histórica de cara al bicentenario, una oportunidad para refundar el país y sacudirnos de esa costra colonial de ser un país dependiente que solo crece cuando vende materias primas para que otros se desarrollen. Una oportunidad que debemos aprovechar porque en el continente soplan vientos de cambio, luchemos para que la salida a esta crisis sea una salida democrática y con justicia social. No va a ser sencillo, porque los de siempre se aferrarán a sus privilegios como nunca, es lo que hacen los parásitos cuando se vuelven endémicos. Pero nosotros somos muchos más y tenemos todo para hacernos sentir. Hay que hacerlo.