28/11/2020

INQUISIDORES DEL SIGLO XXI

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Por: Colectivo Todas Las Sangres Abancay.

Semanas atrás en un grupo de compra venta de la ciudad de Abancay en la red social Facebook, una mujer, en un acto desesperado, denunció a un hombre por omisión de alimentos, ella indica haber sido abandonada en estado de gestación. Llaman, enormemente, la atención los numerosos comentarios despectivos y carentes de empatía. Hacen que nos cuestionemos y preguntemos qué nos pasa como sociedad, y motivan la presente columna. Los comentarios más recurrentes que podemos visualizar incluyen frases como «quién le manda a meterse con ése tipo de hombres», «ve a buscar ayuda psicológica para que aprendas a sobrellevar tu vida», «jamás se le mendiga a nadie, nadie se ha muerto por salir adelante solo» y un sin fin de “opiniones” aún más agresivas.

Rápidamente se puede entender que, para la gran mayoría de los comentaristas, una madre en situación de abandono tiene responsabilidad sobre hechos cometidos por quien en algún momento fue su pareja, sin considerar que quien se encuentra en situación de desventaja es ella, toda vez que tiene que cargar con toda la responsabilidad que implica asumir la maternidad, sola.

Lamentablemente, opiniones como las mencionadas, han sido normalizadas y son asumidas por un gran sector de la sociedad, avalando el actuar irresponsable de una persona que no tiene reparo en abandonar a su hijo(a). Por el contrario, ¿cuál sería la reacción en las redes, si la historia fuese contada por un padre abandonado, o yendo más allá, si la mujer –de la que hacen burla y a la que sugieren sentir vergüenza por pedir que el tipo que la embarazó sea responsable– decidiese abortar? Serían las mismas personas quienes la tacharían de “asesina”, “irresponsable”, “fácil”, “zorra” y un sinfín de adjetivos que califican su vida personal como si ése fuese el punto en discusión.

Nuestra sociedad ha naturalizado el abandono paternal (¡solo mírese la tasa altísima de madres solteras en el país!), que una denuncia sobre omisión de alimentos parece ser tan cotidiana y trivial, que lejos de cuestionar a ese enorme grupo de hombres que no cumplen con sus obligaciones, tenemos que burlarnos de las mujeres que deben salir adelante solas con un hijo(a) entre brazos. Hay un sentido común social de abierta comprensión de los hombres y mayor respeto de sus decisiones, tanto que incluso se les llega a defender. Y contrariamente, se fustiga duramente a las mujeres cuando deciden sobre sus vidas y cuerpos, que resultan denigradas bajo cualquier concepto.

Cabe entonces, preguntarnos cómo hemos llegado a este punto. Es el resultado de una sociedad profundamente machista, educada en machismo y desenvuelta en machismo.  Se cría a los hombres bajo la consigna de que pueden hacer lo que deseen, que su fuerza es uno de sus máximos valores, y que su vida tiene que ser libre; entendemos así que si un hombre no quiere cocinar, si pasa más tiempo fuera de la casa, si tiene varias parejas sexuales, si no cumple con sus obligaciones, si es irresponsable con su pareja o familia, si está a la espera de atención externa (para comer, para mantenerse limpio u ordenado), etc., es normal, porque es hombre. De manera tal, que cualquier actividad que sea sinónimo de libertad y enajenación de responsabilidades, mientras sea para hombres, es normal y está bien. Lo cual, a la larga, es también la normalización del hombre que no quiere cumplir con sus obligaciones de padre. Pero es cosa bastante diferente si una mujer se tomase esas licencias, porque, para el entender de nuestra sociedad, ella «por naturaleza» tiene que saber cocinar, limpiar, cuidar la casa y criar a los hijos, tanto que de no cumplir con esas características pasa a ser una «waylaca«, “puta”, “irresponsable”, “mala mujer”, “desalmada” y “desnaturalizada” en último caso.

Nuestros roles son asignados desde nuestro nacimiento, al vestirnos ropas de color rosa si es niña y azul si es niño, muñecas si es niña, y carritos si es niño. Condiciones supuestamente «naturales», propios de cada género, pero sin explicación genética o biológica válida. Estas diferenciaciones, nos hacen daño posteriormente, porque nos crean prejuicios, y enmarcan nuestras vidas a cosas ajenas a la propia naturaleza, dándonos como resultado, una sociedad enferma que encuentra la forma y las excusas necesarias para responsabilizar a las mujeres víctimas y exculpar a los agresores, cualquiera sea la situación. Si el ejemplo con el que se inició este texto no es suficiente, otro hecho acontecido recientemente y muy expuesto en los medios, han sido las miserables declaraciones del abogado defensor de un joven que, fue parte del grupo de cinco acusados de violación grupal a una joven de 21 años, al señalar que para la investigación es necesario tomar en cuenta que a la víctima le gusta “la vida social”. Evidenciando un argumento inválido a consideración, no sólo social, sino también legal, ya que según él las mujeres que disfrutan de las fiestas (como la mayoría de seres humanos) son “violables”, sin percatarse, además, desde un punto de vista legal, que incluso con ello deja entrever que el hecho denunciado en realidad, sí se habría suscitado, pero que fue a causa de la “exposición” de la víctima a malhechores como su cliente.

Es terrible notar que ideas como estas son compartidas por un gran sector de nuestra sociedad. Hay, incluso, quienes piden que ella sea pasible de una sanción por salir a una fiesta en medio del estado de emergencia. No importa que cinco tipos hayan tomado su cuerpo como objeto mientras se encontraba en estado de ebriedad, como objeto de placer, sin que ella pudiese defenderse, pero la gente pide que sea sancionada de todas maneras, con una simplicidad que aterra. Como si lo que hubiese sucedido le permitiese proseguir su vida con total normalidad luego de un hecho tan brutal como el denunciado.

Las mujeres en el Perú, aparte de vivir en una sociedad violenta que atenta contra nuestras vidas e integridad diariamente, tenemos que soportar la carga que todas las denuncias traen consigo, los cuestionamientos, que lejos de generar bienestar o claridad sobre los hechos, en el fondo buscan justificar y quitar responsabilidad sobre quien vulnera. Desenfoca el problema.

Se entiende que no todas las personas tengan información en cuestiones de género, pero basta con tener una mirada empática para dejar de generar más angustia en las víctimas. Ante cualquier denuncia por alimentos, dejemos de preguntar por qué se embarazó de tal o cual persona, y exijamos más bien que el denunciado se haga responsable de sus obligaciones paternales para con su hijo (a), pongamos el derecho al bienestar del(a) niño(a) por delante, y seamos una sociedad más empática y con una sociedad que respalda sus actos irresponsables. Si se tratase de una violación, dejemos de cuestionar a la denunciante con preguntas como, qué hacía allí, si le gustaba salir de fiesta, qué tipo de ropa traía puesta o qué hora era cuando sucedió; por el contrario, exijamos justicia para la víctima y el avance de las investigaciones para que los responsables puedan ser sancionados como corresponde. A la próxima, también, cuestionemos nuestros propios cuestionamientos, para saber si realmente tenemos derecho de hacerlos, o si somos hipócritas al creernos un discurso que en la práctica tampoco manejamos.

Es lamentable vivir en condiciones distintas, y a pesar de ser tan evidentes, no se reconozca. Necesitamos tener un trato igualitario, alejado de hipocresías y con mayor empatía.

Nuestros caminos se hacen cada vez más violentos, por lo que, lo que menos debemos hacer, es intentar apañar actos que perpetúen el silencio de las víctimas por temor a ser juzgadas socialmente, y continúen la cadena de muertes, desapariciones, violaciones y abandono de aquellas que podemos ser nosotras o alguien lo suficientemente cercana, cuyo daño lograría recién hacernos entender lo mal que estamos.

Imagen que podría acompañar, es un collage hecho con capturas de pantalla.

Imagénes capturas de pantalla, se sugiere hacer un collage o como convenga según el formato de la publicación.