28/11/2020

NUESTRAS PEQUEÑAS CIUDADES APURIMEÑAS

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Por:
Arq. Jeysson Camacho Olarte
Econ. Paul Durand Villarroel
Ing. Bryan Américo Bravo Triveño CTLS

Va cayendo la tarde en Abancay, capital de la Región Apurímac, y la ciudad va cobrando nuevamente un movimiento inusitado, los automóviles toman la ciudad, el bullicio y la contaminación junto a ellos, el centro de la ciudad se ilumina, las tiendas, los negocios y los cafés complementan esta efervescencia y en medio de toda esta actividad, las personas, bajo esta nueva “normalidad”, caminan con mascarillas y protectores faciales, tratan de tomar las calles, con prisa y con un poco de temor por el prójimo, se trasladan por sendas angostas y sorteando los automóviles, es casi como caminar al borde de un precipicio, no hay comodidad.

Esta realidad de la ciudad de Abancay, se refleja también en el resto de ciudades apurimeñas que se han transformado en los últimos 30 años. De las 7 provincias que tiene la región de Apurímac, cuatro han tenido cambios significativos respecto del crecimiento de su población, estas provincias son: Abancay, Andahuaylas, Chincheros y Cotabambas. Y este crecimiento poblacional se ha plasmado en el territorio a través de la transformación del espacio urbano de distritos como Tamburco, Abancay, Curahuasi, San Jerónimo, Andahuaylas, Talavera, Anccohuayllo, Chincheros y Challhuahuacho, distritos que a la fecha concentran aproximadamente el 50% de la población de Apurímac. 

Si bien estos distritos se vienen consolidando como ciudades que brindan oportunidades y servicios a sus pobladores, también comparten una serie de carencias, falencias y condiciones críticas para la salud y la vida de sus habitantes. Entre los problemas que tenemos, es que no existe una habilitación urbana para la expansión de las ciudades a partir de los nuevos barrios o las zonas que se empiezan a urbanizar, y menos aún se cuenta con un plan de desarrollo urbano que permita determinar algunas de las necesidades que tendrán que cubrir los nuevos barrios, como la movilidad, la conectividad, el acceso a servicios de agua y saneamiento, el recojo de residuos sólidos, alcantarillado, espacios públicos, abastecimiento de productos de primera necesidad, entre otras necesidades que los nuevos habitantes tendrán que resolver de acuerdo a sus posibilidades, ya que la ciudad no ha sido planificada, ni ha sido pensada en esos términos. Otro tema que no se considera es el de riesgo de desastres; por ejemplo, no se debería permitir la expansión urbana en zonas propensas a inundaciones o deslizamientos, como son las márgenes de los ríos. 

Una característica del abandono de la planificación urbana, en nuestro país, ha sido el darle prioridad a la construcción de pistas y así se ha centrando la importancia en el automóvil, nuestras ciudades pequeñas no escapan de este formato. Todos somos testigos de cómo se va sacrificando el espacio público (las calles), que se ha lotizado como estacionamientos para el auto privado. Poco a poco se va normalizando el espacio público como mercancía y esto termina, lamentablemente, en desmedro de la ciudad, como se puede observar en el caso de las grandes ciudades de nuestro país. Así el movilizarnos se ha convertido en un acto discriminatorio, ya que las formas de movilidad individualizadas (ya sea en vehículo particular o taxi) son para una minoría privilegiada.

Otra característica de la falta de planificación y de no contar con una visión concertada hacia el futuro, es que nos ha llevado a tener ciudades de pequeños guetos. Hemos reducido nuestros espacios, nuestra convivencia en comunidad, nuestra vida como seres multidimensionales. Nuestros barrios se han convertido en segregadores sociales. No tenemos espacios dónde confluir unos con otros, dónde conocernos, dónde interactuar. Somos extraños y nos segregamos por el nivel de ingresos, principalmente. Y eso, se ha convertido en una idea naturalizada e interiorizada en nosotros. ¿En qué momento satisfacemos nuestras necesidades sociales de seres gregarios? ¿En qué momento podemos disfrutar de la ciudad, del espacio donde pasamos la gran mayoría de nuestras vidas? ¿En qué momento y lugar podemos gozar de un poco de tertulia, de teatro callejero, de una sencilla agradable caminata, si no hay espacios para estas actividades?

Todos estos elementos, que dejan de ser considerados al no planificar las ciudades, nos llevan a la situación actual de ciudades apurimeñas con condiciones poco adecuadas para la convivencia y para el desarrollo social de sus habitantes, donde hemos olvidado la ciudad y nos hemos encerrado en nuestro espacio privado, para no ver la realidad de su transformación. Con esa idea de que la “modernidad” es acumular bienestar y comodidad al interior de habitaciones, renunciando a vivir en una ciudad armoniosa y sostenible, pensando que al botar la basura o jalar la cadena de nuestros baños, esos desechos ya no son nuestro problema, tampoco pensamos en el descuido y abandono en el que están los ríos de nuestras ciudades.

Con esta nueva/vieja forma de hacer ciudad, nuestras ciudades de Apurímac, están dejando de ser pequeños pueblos rurales como lo fue hasta fines de los años ochenta, poco a poco se van urbanizando predios rurales, se construye infraestructura nueva y se va dejando el suelo a la especulación de los propietarios, es el costo de hacer ciudad sin planificación, el libre mercado nunca fue un buen método de hacer ciudad. Nos vamos quedando sin campiña y sin lugares de esparcimiento, al final nuestro último refugio serán los parques pequeños, limitados y con un aviso de “Prohibido pisar el césped”. ¿Estamos acaso ante el fin de nuestras ciudades pequeñas? 

Somos optimistas, la experiencia nos indica que aún estamos a tiempo, ya que nuestras principales ciudades aún tienen manchas urbanas relativamente pequeñas, y cuentan con baja densidad poblacional. Se puede aprovechar este momento, para mejorar nuestra movilidad urbana, pues la mayoría de los viajes urbanos son de distancias relativamente pequeñas y pueden hacerse a pie, o con medios de movilidad sustentable. Pero ello requiere que comencemos a hacer cambios en la concepción de nuestras obras viales urbanas. Poner árboles de sombra, pérgolas, ciclovías, veredas y espacios caminables seguros y segregados para incentivar el saludable hábito de la caminata urbana; así incentivar una movilidad sostenible y otras medidas que desincentiven el uso del auto como transporte individual y un sistema de transporte público masivo que atienda a nuestras necesidades de manera racional. Estas medidas son indispensables para iniciar el camino a recuperar calidad de vida, humanidad, comprensión de nuestros espacios y vidas. Nuestro entorno lo hacemos y construimos nosotros, pero éste también nos educa y moldea.

Ya que existe una relación directa entre la calidad del entorno de la ciudad, con la participación cívica y ciudadana de sus habitantes; cuanto mejor es el entorno, cuanto más humano es, cuanto más vivible es, se tiene una población más comprometida en resolver sus problemas, con mayor participación ciudadana y mayor identificación. Por el contrario, la apatía y desinterés de nuestra ciudadanía, es consecuencia de nuestro entorno tan agresivo, poco disfrutable, y nuestra ciudad de mini-guetos que alimentan el individualismo.

Entonces, no debemos permitirnos el renunciar a la transformación de nuestras ciudades, ahora que están en expansión, pensemos las ciudades en las que queremos vivir, ciudades en las que nuestros padres tengan una vida tranquila, en la que nuestros niños crezcan con total seguridad. Ya no miremos con envidia las ciudades extranjeras, construyamos mejores ciudades acá, en el espacio en el que habitamos, hagamos de nuestras ciudades una creación heroica. Si renunciamos a ser parte de estas transformaciones, terminaremos siendo víctimas de nuestras ciudades, renegando sobre ellas y mirando siempre hacia afuera como el sueño de lo que no pudimos construir acá.

Dejemos atrás la acción pasiva de observadores de la ciudad, pasemos a practicar una ciudadanía activa, en la que nos preocupemos por lo que pasa hacia afuera de la casa, en nuestras calles y nuestros parques. Que las autoridades no sientan que pueden hacer lo que se les venga en gana en nuestras ciudades, la ciudad se hará con nosotros, todos y todas, o no se hará, seamos celosos protectores y rescatemos el espacio público, por nuestros amigos y amigas, nuestros familiares, por nosotros y nosotras. Debemos de hacer ciudad todos y todas juntos.